Hecha un Lío

Del libro introductorio y de auto ayuda, Más que amigas, de Jennifer Quiles. Si quieres, puedes dar tu opinión:

Hay mucho por saber de la orientación sexual y ni las escuelas ni los padres prestan atención a este tema. Ante esta falta de información, cuando de pronto descubres que te gustan las mujeres, es normal que aparezcan el desconcierto y las dudas y que te sientas hecha un lío.

Confusión y dudas
– ¿Me gustan las mujeres realmente?
– Si me gustan, ¿soy lesbiana?
– Si siento deseos por una sola mujer, ¿soy lesbiana?
– Haber tenido relaciones sexuales con una mujer, ¿me convierte en lesbiana?
– Si me gustan más las mujeres que los hombres, ¿soy bisexual?
– ¿Ser bisexual es el primer paso para ser lesbiana?
– Nunca he tenido una relación con una mujer y, sin embargo, creo que soy lesbiana
– Si soy lesbiana, ¿sigo siendo una mujer?
– ¿Y por qué me siguen gustando los/algunos hombres?
– Creo que soy lesbiana, pero me asusta la idea
– ¿Esto será para siempre?
– No soy lesbiana, pero no puedo evitar desear a otras mujeres y acostarme con ellas
– No sé qué tengo que hacer en la cama con otra mujer
– Necesito tiempo para estar segura de que soy lesbiana

Culpa y desasosiego
– ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho mal?
– No tengo nada en contra de la homosexualidad ¿por qué me siento tan mal?
– Mis padres se han portado bien conmigo ¿por qué les hago esto?
– Todo lo malo que me pase será por culpa de ser así
– Dios me está castigando
– ¿Por qué ahora?

Rechazo
– No quiero ser así
– La gente me despreciará
– Me avergüenzo de mí misma
– Tengo que dejar de ser así porque me repugna. Esto es una «putada»

Temores
– Si en el trabajo se enteran, me despedirán
– Tendré que vivir siempre ocultándome
– Nunca seré feliz
– Si los demás lo saben, dejarán de hablarme y me señalarán con el dedo
– No podré tener hijos
– Seré víctima de agresiones

Soledad y aislamiento
– No tengo a quién contárselo
– He de guardarlo en secreto porque nadie lo entenderá Me siento sola
– ¿Hay otras como yo? ¿Cómo puedo encontrarlas? Nunca tendré pareja
– Mi familia me hará de lado
– ¿Se lo tengo que contar a mis padres? ¿Cómo se lo digo?
– Las mujeres del ambiente no me gustan

Antes de seguir, me gustaría contarte algunas historias. Todas son reales, aunque he cambiado nombres y circunstancias para preservar la intimidad de sus protagonistas. Es probable que algunas te suenen y encuentres detalles con los que quizá te sientas identificada.

De toda la vida. Raquel, treinta y cinco años

Desde pequeña Raquel supo que el mundo femenino no le resultaba tan atractivo como el masculino: en los cuentos, en los tebeos, en la televisión, quienes mejor se lo pasaban eran los chicos. Decidió entonces que sería como ellos porque era más divertido, así que empezó a jugar con sus compañeros en lugar de relacionarse con las chicas. De forma inconsciente asimiló lo que tenía alrededor: se comportaba como los otros niños, incluso prefería vestirse como ellos. Pero cuando llegó la adolescencia, la presión del entorno la forzó a abandonar esas actividades y a tratar de ser más femenina.

Aun así, Raquel no se identificaba con sus compañeras de clase. Sin embargo, sabía que no era un chico, por lo que tampoco estaba a gusto con ellos. Empezó a sentirse como un bicho raro. Cuando descubrió que le atraían otras niñas, algo se removió en su cerebro. Sin ser consciente de lo que estaba ocurriendo silenció y enterró bien hondo esa información. Pero, a cambio, también sepultó todo vestigio de sexualidad. A medida que crecía, su vida estuvo entregada por completo a los estudios y, más tarde, al trabajo. El sexo y las relaciones no existían para ella, sólo las amistades muy íntimas con otras chicas. Pero sus amigas tarde o temprano empezaban a tener novio y la rechazaban un poco.

Por fin, a los veintitrés años pudieron más sus emociones que su represión: se enamoró de una chica. N o fue capaz de ocultar por más tiempo aquellos sentimientos tan intensos y se atrevió a pedir ayuda a su mejor amiga. Por suerte, ella la apoyó desde el principio y la animó a acudir a un bar de lesbianas. Raquel empezó a frecuentar aquel local los fines de semana. Al principio iba con su amiga, hasta que poco a poco conoció a otras mujeres y se atrevió a salir sola. Todo fue lento y complicado porque estaba llena de prejuicios sobre las lesbianas. Pero al fin, un día conoció a una chica e iniciaron una relación que le ayudó integrar lo que era.

Renacer a los treinta. Sara, treinta y dos años

De pequeña Sara era una niña muy movida. Sus padres la llevaron al psicólogo y le diagnosticaron hiperactividad. Su carácter la acercó a los otros niños, cuyos juegos eran mucho más fisicos que los que practicaban las niñas, más sosegados y quietos. Cuando llegó la adolescencia, su hiperactividad fue remitiendo. A esa edad empezó a tener las mismas inquietudes y anhelos que el resto de sus compañeras. Pronto empezó a salir con chicos, pero no llegó a enamorarse de la forma que le contaban sus amigas.

Años después, en la universidad mantuvo una relación más estable con un chico, incluso tuvo relaciones sexuales con él, pero de alguna forma Sara no se sintió completa. Algo en su interior le decía que aquello no podía ser todo. A los veintinueve decidió romper la relación con su novio porque ya no podía ocultarse por más tiempo que no estaba enamorada de él, que el sexo no era gratificante y que ella esperaba mucho más del amor.

Sin saber muy bien cómo, empezó a pensar en la posibilidad de que le gustaran las mujeres. Ese pensamiento surgió de forma casi natural en su mente. Por su trabajo como diseñadora de páginas web, tenía cerca un medio que podía resultar muy prometedor: Internet. Llena de curiosidad, se atrevió una noche a entrar en un chat de lesbianas. No sabía qué buscaba con exactitud, pero quería probar. Empezó a frecuentar el lugar hasta que conoció a varias chicas. Algo surgió con una de ellas. Se pasaban las noches enteras charlando y Sara sintió que aquella amistad virtual era lo más intenso que había vivido nunca. Un día decidieron conocerse en persona. La atracción fue mutua y así se inició una relación que dura hasta hoy.

Nunca es tarde si la dicha es buena. Lola, cincuenta y cinco años

La vida de Lola transcurrió como la de muchas otras mujeres. Fue al colegio, tuvo un novio formal, y en cuanto él acabó sus estudios y encontró un buen trabajo, se casaron. Pronto tuvieron descendencia, la típica parejita. No podía esperar más.

Como tantas mujeres, Lola se encargaba de la educación de sus hijos, de la casa, de la compra, y de todas esas tareas que se supone que una señora debe atender. Nada parecía indicar que las cosas pudieran ser diferentes. Fueron pasando los años y su matrimonio dejó de ilusionarle. Su marido pasaba más tiempo en el trabajo y en el bar de la esquina que con ella. Se sentía inútil y fracasada.

Un día empezó a asistir a unos cursillos que ofrecían en la asociación del barrio. Allí conoció a un grupo de mujeres cuyas vidas le parecieron más interesantes que la suya. A los cuarenta y nueve decidió buscar un trabajo para realizarse. A medida que ella crecía y se sentía mejor, la relación con su marido se deterioraba más y más, hasta que decidieron separarse. Sola y con sus dos hijos, inició una nueva vida en la que tuvo que trabajar duro para salir adelante.
Con el paso del tiempo, conoció a una mujer con la que entabló una estrecha amistad. Para su sorpresa, se sintió atraída por ella. Estaba convencida de que después de su marido no volvería a enamorarse y aquella amiga irrumpió en su vida demostrándole todo lo contrario. Iniciaron una relación que Lola trató de ocultar a su familia porque le avergonzaba, pero poco a poco fue aclarando sus sentimientos y acabó reuniendo el valor necesario para comunicárselo a sus hijos. Ya eran mayores y aceptaron sin problemas el amor de su madre.

Doble vida. Luisa, cuarenta y un años

Luisa vivía en un pueblo y las oportunidades de expresar allí cualquier diferencia eran pocas. La presión social la llevó a ocultar en su interior algo que descubrió enseguida: le gustaban las mujeres. Haciendo caso omiso de estos sentimientos secretos, se casó a los veinte años. Sabía con seguridad que no amaba a aquel hombre, pero prefirió la comodidad del matrimonio para no tener problemas. Su vida de casada fue un engaño. A espaldas de él empezó a acudir a los bares de ambiente de una ciudad cercana, donde conocía a mujeres con las que tenía relaciones, por lo normal esporádicas. Pero esa clase de vida le aportaba más problemas que alegrías. Por un lado engañaba a su marido, que no tardó en darse cuenta de que algo iba mal. Y, por otro, mentía a sus amantes femeninas, a quienes ocultaba su condición de casada y llenaba de falsas esperanzas.

Cuando se enamoró de una mujer, supo que la mentira en que vivía desde hacía tanto tiempo tenía que acabar. Decidió contarle la verdad a su esposo. Al principio, él quiso que siguieran juntos aunque ella conservara sus amistades femeninas. La situación fue un poco confusa para su novia y aquel triángulo no satisfizo a ninguno de los tres. Al fin, Luisa dejó a su marido y se estableció con su nueva pareja. Ahora quiere recuperar el tiempo perdido.

Depende del momento. Ana, treinta y siete años

Desde pequeña Ana supo que le gustaban los chicos y las chicas por igual. Y también supo que era mejor llevar en secreto el hecho de que le gustaran las personas de su mismo sexo. Ya de adulta tuvo varios novios formales. Los amó y fue feliz con ellos en todos los aspectos, pero seguían atrayéndole las mujeres, aunque nunca se había atrevido a dar el paso para acercarse a alguna. Temía equivocarse y ser rechazada. Un día la oportunidad llamó a su puerta. En un cursillo de submarinismo conoció a una chica por la que se sintió atraída. Y resultó ser algo mutuo. Inició con ella una relación que le pareció muy gratificante.

A lo largo de los años alternó relaciones con personas de ambos sexos. Si analizaba sus experiencias, no podía dar más peso en la balanza al género masculino que al femenino. Los hombres le aportaban unas cosas y las mujeres otras, y no quería renunciar a ninguna de las dos. Para ella estaba claro que amaba a seres humanos por encima de su género. En la actualidad lleva cinco años viviendo con una mujer, con la que es feliz. Aunque ha habido hombres y mujeres en su vida, nunca coincidieron en el tiempo. En todas sus relaciones ha sido fiel.

Encuentro casual. Laura, veinticinco años.

Laura siempre fue heterosexual. Nunca tuvo la más mínima duda. Llevaba cinco años con su novio cuando se cruzó con una mujer de la que se enamoró con locura. Aquella relación le abrió nuevos horizontes y la ayudó a crecer: ya no era feliz con su compañero y decidió separarse. Pero la relación con su nueva amante no duró mucho. Sola y confusa por la experiencia, necesitó cierto tiempo para aclarar sus sentimientos. Pero hoy sabe lo que quiere y lo que es. Admite que es heterosexual, aunque algunas mujeres pueden atraerle. También asegura que el sexo con las mujeres es muy satisfactorio, quizás incluso mejor que con los hombres, pero sigue sintiéndose atraída por ellos en planos diferentes. En la actualidad tiene novio y está contenta por haber vivido esa experiencia que le ha hecho abrirse y ser más tolerante. Considera que prefiere a los hombres, pero que podría volver a enamorarse de una mujer y que eso no tiene por qué poner en duda su orientación sexual.

Algunas cuestiones
Ahora que has leído estas historias, responde a las siguientes preguntas:

¿Quién es lesbiana y quién no?
¿Hay alguna que sea más lesbiana que otra?
¿Las mujeres que han estado casadas son bisexuales? ¿ Y las que han tenido novio?
¿Cuándo es lesbiana una mujer y cuándo bisexual? ¿Qué es lo que marca la diferencia?
¿Se nace siendo de esa manera o la orientación sexual puede variar a lo largo del tiempo? ¿Puedes ser heterosexual y tener relaciones con una mujer?
¿Lo tienes claro?

Si tienes dudas para responder es por la confusión que existe en tomo a estos temas. Y ello se debe a que nuestra sociedad no nos ha educado para saber que existen orientaciones sexuales diferentes tan aceptables como la heterosexual, ni cómo funcionan. Al no saber nada de esa diversidad, todo resulta confuso cuando te sucede a ti.

Tampoco tendrías todas estas dudas que te planteé al principio del capítulo si desde pequeña te hubieran enseñado cómo funciona la sexualidad humana y qué es la orientación sexual; y, sobre todo, si te hubieran hablado de forma positiva acerca de todo ello. Con esa formación todo el mundo comprendería que las relaciones entre personas del mismo sexo son algo normal y natural en el ser humano. Por desgracia, las cosas no son así, pero tú puedes ampliar tus conocimientos para aclarar esas dudas que sólo constituyen un lastre en tu vida.

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